viernes, 24 de abril de 2026

 Estoy caminando por la calle Florida, haciendo tiempo esperando unos papeles que me tienen que entregar. Mirando vidrieras, algo distraída, llego al edificio de la casa matriz del Banco Ciudad.

Una esquina en la que los arquitectos se pusieron de acuerdo y diseñaron, acompasando con lo existente, y entonces, hoy, parece que los edificios conversaran, unos con otros. -Che, viste, ahora ingresa el camión de caudales, ojo. -Si, y el chofer siempre baja, y se prende un pucho, a esta hora, siempre igual. -Mirá vos como se fueron todos, que habrá pasado? quedamos solos. -No, solos no, mirá esa chica que nos saca fotos, sonreí, que salis lindo, siempre estas lindo vos, como yo. Los dos damos bien la vuelta a la esquina.

Y ahí voy yo, doblando la esquina, y lo veo. El bar de los gallegos. Hace cuanto que lo estaba buscando. Queda en la planta baja de otro bellísimo edificio, junto al Banco Ciudad. 

Entro y pido la carta.

Acá venía mi papá a almorzar y me invitaba, en la época en que yo también trabajaba en microcentro.

Comíamos riquísimo y me contaba anécdotas de tardes de banco, de financieras, de gente estresada porque no le cerraban las cuentas, y los juegos que él inventaba para matizar la jornada con sus compañerxs de trabajo.

El edificio del bar de los gallegos se queda sin agua, entonces conversan entre medianeras:

- Che, Banco, mirá, toda esa gente se va a quedar sin almorzar, te copás y me compartís algo de agua?

- Si, claro, ahora le digo a Marcelo, que es jefe de compras y te lo soluciona.

Y así fué que mi papá consiguió una manguera, conectó los edificios de azotea a azotea, y solucionó el problema.

Por suerte pude terminar de almorzar, salí y Florida seguía vacía. Los edificios me miraron, y sonrieron.

Seguí caminando bastante deslumbrada, me despedí, -hasta pronto... y me sumergí en la boca del subte.

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