Estoy escapando por los pasillos del shopping donde trabajo.
Suena una alarma. Voy caminando ligero, pero sin correr, para no despertar sospechas.
Enfilo hacia la salida de emergencia, que conduce a los pasillos que bordean por detrás todos los locales.
Una vez ahí, comienzo a correr.
El pasillo esta pintado de gris y muy iluminado. Sé que hay cámaras, pero corro igual, casi sin pensar.
Cuando llego a la escalera de emergencia veo a Carmen, que está escondida y me agarra del brazo. Me conduce a un lugar ciego en el medio de una escalera.
Allí nos refugiamos. Estamos muy agitadas las dos, nos apoyamos contra una pared y de a poco nos sentamos en el piso.
Nos damos cuenta que no podremos salir del shopping. Recordamos que hay un cierre de puertas de emergencia para situaciones así.
Sentimos pasar gente que nos busca, son guardas de seguridad. Pero pasaron por alto este lugar.
Esperamos un poco mas y salimos del escondite.
Vemos un mozo de un restaurante con carros bandejeros caminando apurado hacia un ascensor. Los seguimos y nos subimos con él. Quedamos ocultas detrás de los carros. El ascensor para, se abre la puerta y aparece una reunión enorme en un lugar donde antes había un depósito, lo recuerdo bien. Es muy extraño. En la reunión está el dueño de todo esto, pero él no nos llega a ver.
Salimos del ascensor y decidimos rapidamente en que lugar escondernos.
Yo se que a esta altura donde nos encontramos ahora, está el local del gimnasio. Pruebo la puerta y nos permite pasar.
Adentro no suena la alarma, o ya paró.
Camino sigilosa entre la gente que está ejercitando, y pierdo de vista a Carmen.
Me tiro detrás de uno de esos aparatos para hacer pesas, y me pongo a hacer abdominales, en series de diez. Con la adrenalina, me sale naturalmente bien.
Desde allí se ve la vidriera que da al hall principal del shopping y veo gente de mi oficina pasar. Creo que nos están buscando.
Me pregunto que tan importante somos, si no pueden reemplazarnos, y ya.
Pero parece que no.
Estamos trabajando muchas horas, sin refrigerio y en un lugar residual del subsuelo del shopping. Donde no tendría que haber puestos de trabajo, pero hay.
Antes era una cochera, pero a una mente iluminada se le ocurrió expandir las oficinas hacia allí y ahora no hay marcha atrás.
Y afuera aparentemente, está todo mal.
Aparece Cordacho, mi gerente, por el gimnasio. Me ve y me sonríe. Parece no estar enterado de nada, de nuestra huida, de lo que hicimos. Los gerentes parecen vivir otra realidad, como si no les afectara lo mismo.
Siempre que me acuerdo de Cordacho, recuerdo que el dueño de todo esto un día se enojó y lo echó. Al día siguiente lo reincorporó y él volvió.
Cuando mi gerente me ve, me pregunta si le contesté a Cárdenas, por el tema de la caldera de la seis.
Le digo que si, pero le miento.
Me incorporo, y comienzo a regresar. Creo que podremos intentarlo nuevamente otro día.
Salgo por la puerta del gimnasio y me topo con la gente que deambula buscando cosas.
Los pasillos del shopping son amplios y conducen siempre a la escalera de subida.
Cuando te metés, ocurre el fenómeno del laberinto. No encontrás el camino de regreso y siempre hay algo nuevo para ver y te quedás.
Así me pasó a mi.
Ahora estoy nuevamente en mi escritorio.
Entro a la computadora y hay infinidad de mails sin leer.
Levanto la vista y veo a Carmen en su puesto de trabajo, a unos cuatro escritorios del mío.
Le mando un mensaje, para encontrarnos en la máquina de café. Nos interrumpe la voz del altoparlante que nos recuerda la reunión de los viernes a las tres.
Algo tendremos que posponer.
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